CAÍDA LIBRE


Mi padre no lograba entender mi obsesión por largarme, no se resignaba a que su primogénito se fuera a buscar fortuna lejos del suelo que lo vio nacer, no aceptaba que echara por la borda una carrera universitaria y un futuro profesional. “Esta es tu patria, hijo”, decía. “Aquí puedes estudiar, trabajar, vivir y realizarte sin necesidad de irte a otro lado”. No obstante, algo superior a mis fuerzas me impulsaba a salir. “Carajo, muchacho, parece que la muerte te estuviera arrastrando”, sentenciaba mi abuelo. Mientras yo me desesperaba tratando de explicarles que ya no dependía de mí, que prefería jugarme el pellejo a ahogarme en aquella ciénaga poblada de batracios inflados de soberbios excrementos. En verdaderos arrebatos de pasión juvenil, le repetía a mi padre que el país me quedaba pequeño. Y no mentía. Yo era uno de aquellos que escapaban del enanismo moral, el raquitismo intelectual y la cicatería espiritual entronizada y desenfrenada por largos e infames siglos. Yo era uno de aquellos incorregi­bles y sempiternos soñadores que contra viento y marea buscaban —y encontra­rían— una segunda oportunidad sobre la faz de la Tierra.
Había llegado al punto máximo de saturación cultural; me sentía asfixiado, en un callejón sin salida. Providencialmente, un tío que vivía en los Estados Unidos —donde todo el mundo tiene un pariente— estaba por esos días de visita en el país. Luego de pasar muchos trabajos para persuadirlos, la propuesta de ir a estudiar en Gringolandia fue aceptada de muy mala gana por parte de mis padres. Obtuve mi pasaporte y demás documentos requeridos para viajar al exterior. El permiso militar resultó el más arduo y caro de conseguir. Una vez más, tuve que camuflar mi pelo largo. Tuve también que pagar una fuerte multa para que las fuerzas armadas me exoneraran del “servicio militar obligatorio” y autorizaran la salida.
Pero todo estaba consumado, me marchaba del país. Unos días antes del viaje, visité a la península por última vez. Recorrí mis lugares favoritos: la playa de Mambra, el Campo Inglés y la chacra de mis abuelos. Anduve todo un día “recogiendo los pasos” por la comarca de Ancón. Quería impregnarme del color, el sabor, la textura y el espíritu de cada objeto, paisaje e individuo significantes. Mi última noche en Ancón —un viernes— me acodé en la penumbra del bar del Club Unión. El lugar estaba atestado de gente joven. Sin embargo, me sentí como un extraño. Miraba las cosas desde afuera, como un fantasma al que nadie podía ver. Escuchaba sin interés las conversaciones insípidas. Definitivamente, ya no pertenecía a ese mundo. Estaba ahí, pero ya no estaba ahí.
Acompañado de Huevos —mi perro— me dirigí a los acantilados de Ancón. Sentados al borde de un acantilado, pasamos el resto de la noche, envueltos en la oscuridad. El silencio brotaba, imponente, de la lejana letanía de las olas rompiéndose contra las rocas. Huevos me miraba como tratando de memorizar mis rasgos. Y yo lo miraba a él. Sabíamos que no nos veríamos otra vez. Le acaricié la testa y él entornó los ojos anegados de tristeza. Su fuerte hocico esbozó una suerte de sonrisa llena de ternura. Le apreté —como tenía por costumbre— suavemente la lengua que, indolente, le colgaba entre los colmillos. Huevos, mi Huevos, dondequiera que estés escucha:

Uno cae o se eleva en el Gran Esquema de Cosas
Caer o elevarse redunda en lo mismo
Todo es un círculo virtuoso
Un supremo círculo virtuoso
No hay tierra firme donde afirmarse ni refugio donde descansar
Existir es buscar sin descanso
Estoy aferrándome al Vacío
Entre una cruel exuberancia de galaxias y una pavorosa angustia existen­cial
Tiempo quince billones de años y otros lustros
Tiempo que es todos los tiempos
La eternidad extendiéndose simultánea
Desde la Gran Explosión hasta los agujeros negros
Y aquí nosotros los engreídos de Darwin seguimos
Comportándonos como tribus primitivas desde el primer cataplún
Hasta el postrer bangadán obcecadamente buscando lo sublime
Entre gases y polvo de estrellas muertas

“Mucho ruido y pocas nueces”, diría mi abuela Zobeida.

La sala de espera del aeropuerto estaba repleta de familiares y amigos. Uno a uno fui abrazándolos. Tenía un inmenso nudo en la garganta, pero había resuelto no llorar por nada. Antes de abordar el avión me volví y abrí los brazos, tratando de abarcar todo cuanto dejaba atrás: mi gente, mi tierra, mi infancia. Los motores de la nave empezaron a rugir en una rabiosa sinfonía infernal. Luego —mirando por la ventanilla la noche infinita— pienso que estoy cometiendo una tamaña insensa­tez. Pero ya es demasiado tarde. No puedo retroceder. A diez mil metros de altura, el jet —como una saeta de acero furibundo—, agresivo, taladra el vientre de las tinieblas. Vuelo con rumbo a California y con destino desconocido. Mientras que la Tierra de lo que Pudo Haber Sido y No Fue, la irredenta e impertérrita Tierra del Dios Te Dé, va quedando cada instante, inexorablemente, más y más atrás.


De la novela De otros héroes, Nueva York, 1992
© Copyright 1992, 2009: Petronio Rafael Cevallos
Derechos reservados
ISBN 1-889222-00-7
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