Polvo eres (y en polvo...) o las Eyaculaciones de un dragón
Ramiro Oviedo *
Estas Eyaculaciones quince flujos, de Petronio Rafael Cevallos, vienen recopiladas en unas 100 páginas que contienen una colección de textos breves, heterogéneos y de corte epigramático; hay en ellos un prurito filosófico, a lo Heráclito; pero, también, una buena dosis de erotismo y otra de humor a veces muy oscuro, casi tenebroso, como los tiempos que nos ha tocado vivir. Los textos fluctúan entre la poesía, el ensayo brevísimo, la narración ultracorta, el aforismo, la diatriba, el epitafio, etc. Asimismo, hay en ellos mucha poesía, pero de ésa que dejó atrás los subterfugios, empezando por la línea rota llamada verso. Hay mucho aliento poético sin poses de poesía. Se nota la irreverencia, el querer no repetir lo ya hecho. Esto vale mucho. Poesía en prosa, dirían unos; pero no toda la prosa es poesía en Eyaculaciones. Éstas contienen también reflexiones que aspiran al axioma, intuiciones, confesiones, denuestos, revelaciones y unas cuantas interjecciones neologísticas.

Podría decirse, entonces, que, como las eyaculaciones orgánicas, las poéticas son también el origen y el fin de toda cultura; esos fugaces segundos en los que, en los espasmos de un orgasmo, se expele en unos cuantos chorros aquel líquido, viscoso y blanquecino, que el autor ha pretendido convertir en palabras. Escribir es una forma de escapar de sí mismo, puesto que la tragedia mayor del hombre es la conciencia de su mortalidad ineluctable. Irónicamente, esta función trágica es, al mismo tiempo, la verdadera liberación del hombre. Tragedia y liberación son a la vez conciencia de la muerte. Tragedia, porque impulsa a vivir contra Cronos; liberación, porque revela la potestad interminable del ahora, aun contra la cada vez más inminente llegada de Thanatos.

Por el "sentimiento trágico", como lo caracterizó Unamuno, se vive en luto anticipado; es decir, como con un vacío por dentro, sin esperanza ni consuelo. Por gracia de la liberación, se alcanza la euforia y, a veces, el éxtasis. La vida humana se resuelve y consume entre estos polos reflejados y reconciliados en la conciencia de lo finito que es el ser humano. Es decir, en su más profundo sentido, eyacular es darse, una forma de morir para dar vida. Dicen que al momento de morir algunos logran estas emisiones, como en un gesto de ofrenda postrera. En este sentido, nos dice el autor: "Como provengo de una ficción geopolítica de mala leche llamada Ecuador y vivo en otra mayor llamada mundo, mis emisiones tienen que, por necesidad, ser vida, palabra viva. La inteligencia debe siempre trascenderlo todo con toda su potencia individualizada. El Reino de los Cielos es una eyaculación perpetua."

En el libro predomina la pasión por la palabra; pero por la palabra precisa, breve, sucinta, creativa y procreativa; hay intensidad comunicatoria condensada en instantes; por algo estos textos se llaman Eyaculaciones. Además, tres o cuatro, entre otras, son las temáticas constantes del libro: el amor, la ironía, la autocrítica y, sobre todo, el sensualismo verbal, la fruición por el lenguaje vertido en una especie de teoremas verbales, de ecuaciones literarias. Sí, como eyaculaciones que son, hay en ellas exuberancia sibarítica y un esmerado ímpetu amatorio.

En efecto, desde que el mundo es mundo, nada hay más viejo que el amor. Esta roncha no deja de repetirse y reaparecer, dejando, costra tras costra, huellas de encuentros, acoplamientos, separaciones y muertes inevitables. También, y desde que existe la escritura, las analogías entre ésta y la aludida roncha mental no han sido pocas. Los textos de Eyaculaciones vienen a ilustrar este aserto, como queriendo denotar el calibre de la pasión, el peso y el derroche del deseo que se gasta el enamorado, intentando construir un puente entre todo eso y la represión; o sea, tratando que la nobleza de la palabra redima el miedo, la torpeza y la falsa moral.

A quien encuentre repugnante el título, le recordamos que significa la emisión espasmódica de la esperma, un acto natural en todos los animales, sin excluir el humano; esencial para la reproducción de las especies, y por el que, en gran medida, estamos aquí. En Eyaculaciones las palabras se desnudan de prejuicios, puesto que, en realidad, éstos residen en la mente, no en ellas mismas. Las palabras son amorales. El título y el contenido de estos textos es un desafío a la mentalidad prejuiciada (¿anquilosada tal vez?) de cierto tipo de destinatario.

A su vez, si la patria del texto sigue siendo la hoja en blanco, llenarla puede ser tan erótico y arriesgado como pretender saciar una vulva infinita. Un polvo por página, obviamente, sería demasiado, de manera que hay que "hacer durar", erotizando hasta la rabia, las penas y las desgracias, porque para llegar lejos hay que ir despacio. Entonces estamos listos a atravesar estas quince eyaculaciones, como si fueran las estaciones de semana santa, con sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, incluidas las tres últimas, que van de yapa, a la ecuatoriana.
Nada más personal que un polvo ni más exclusivo y singular que una eyaculación. El lector, que es una especie de fisgón, de mirón pervertido, no podrá ni aplaudir ni silbar a su guisa, por miope, por reprimido o por beato. De no ser así, compartiría todos los gestos del narrador-personaje y se dejaría, él también, llevar por el fragor del momento.

Constatará, eso sí, que el plano uno de esta historia ocurre entre tres: la pareja de amantes más una tercera persona, cuya complicidad, implícita o explícita, resulta esencial. Ilegítima o clandestina, la relación no puede sino afirmarse cada vez más. En el vaivén se agazapa el deseo, la libido y hasta el amor por una mujer de carne y hueso, con la que para colmo se puede, además, hablar de poesía. Pero, "duélete de mis dolencias" como canta el pasillo, ya sabemos, no hay amor que dure. El narrador-personaje resulta ser el autor: "este servidor"; o sea, el esclavo, el criado, el oficial diurno de la realidad, que no se amilana, sino que da la cara y asume lo que venga. El plano dos, que llamaríamos evocado o sugerido, también pasa entre tres: el escritor, la palabra y el lector. Multiforme, cambiante como las nubes, el primero ya no el criado, el trapo diurno del sistema, sino el dragón celeste, nocturno se lanza a la conquista de la palabra, en un afán de reordenar el mundo, de suprimir el tiempo, de re-escribir la historia.

El delirio amoroso se enciende, apoyándose en las analogías mujer-escritura, derogando el abismo que separa al hombre de ellas (exilio), nadando ambas en los mares de la ambigüedad y de las apariencias; que es precisamente lo que el autor quiere perforar a punte tecla. Porque hay que comenzar por construir una sílaba, una palabra, antes de desembocar en el párrafo, en la ansiada página, en el rosario de eyaculaciones al que deviene el libro.

El escritor, por su aspecto y estatuto de nube, posicionado en la altura, desde la cual nada le es inaccesible, podrá entonces emprender el combate, armado de un teclado. ¿Puede imaginar el lector la cara que pondría aquél, si la noche menos pensada se hallara con un teclado de huecos en vez de letras? Sin ellas, territorio predilecto de los dedos, el mínimo polvo sería imposible. En este contexto y en el de la poesía, la afinidad con el dragón no sólo que no es fortuita sino que resulta curiosa y definidora de gestos. Sabemos que el poeta, el escritor, ha sido sucesivamente metaforizado en muchos especimenes zoológicos, entre ellos la vaca. Personalmente, me gusta mucho esta identificación. La vaca come hierba (realidad), se acuesta en el prado y se queda contemplando, como pensando, rumiando (transformando la hierba en leche), esperando que venga la hora del ordeño (de la edición). Así, también el escritor a veces es un mirlo, un ruiseñor, una mariposa (como en el sueño de Chuang Tse) y hasta un insecto (como en La metamorfosis de Kafka).

No obstante, en estas Eyaculaciones, el escritor resulta ser un dragón, lanzando literal y literariamente bocanadas de fuego. Al margen de la hermosa arrogancia, afirmaremos que no es necesario entrar en elucubraciones mitológicas para detectar el carácter masculino macho del fauno, que es lo que nos interesa, como huella dactilar de una antropología, en este caso ecuatoriana. Lo de dactilar es válido porque este dragón escribe con los dedos algo peliagudo e incómodo para un dragón. Nos recuerda el albatros de Baudelaire, que no puede volar porque tiene las alas muy grandes. De hecho, es aquí justamente donde reside lo que podríamos llamar el estilo, tan particular, de estos textos. Cevallos pastorea cuidadosamente las palabras, las satura de una voluntad vitalista, de una vocación libertaria; sus textos aspiran volar y universalizarse; aunque "las feministas" (la crítica) se empeñen en hacer lo contrario; y aunque, a veces, la palabra misma le propine una bofetada. Lo cual no ocurre con la mujer prohibida, quien, a pesar de todo, se le abre de par en par.

Sincero, como buen costeño, sin irse por las ramas, el autor le llama al pan pam, con una eme que quiere ultimar la realidad, mediante el ejercicio místico de la escritura, sin poses ni gestos calculados, sino tal como se suda, como se orina o se eyacula; exponiéndose a los moretones y cardenales que ésta nos escribe a su turno. Macho también, como buen costeño, reclama, por ejemplo, el derecho a la propiedad: "Esta mujer es mía, aunque les arda a las feministas". La posesión, como se ve, por efímera que sea, parece conferirle el derecho a una eternidad que, de otra manera, resultaría imposible.

Asimismo, basta que la mujer sea prohibida, para que, en la clandestinidad de los encuentros, se vuelva todo lo contrario. El poeta-amante aplica este saber a la poesía. Pero, como a la mujer prohibida, a la poesía no se va de buenas a primeras. Cevallos lo sabe, pues se ve que si escribe es porque antes ha leído. Y se ve también que no es un lector químicamente puro, pues la intertextualidad revela un contagio plural de pánicos, rabias, desolaciones y ternuras vividas, parafraseadas, desarticuladas, que parodian no tanto a Miguel Hernández, ni a Teresa de Ávila, ni a Salomón, ni a Luis de Granada, ni a Quevedo, ni a Ernesto Cardenal, ni a Machado, ni a Salinas, ni a García Lorca, ni a Cernuda, sino más bien a los poetas de Nueva York. Estos últimos, vivos en la Gran Manzana, en busca de un médium, que es el propio autor, registrando una realidad malquista que se transmuta en un texto noctámbulo, al igual que en un espacio literario estimable de una refrescantemente nueva Nueva York.

En las Eyaculaciones, si la ambigüedad respira por todas partes, la dialéctica la contradice, haciendo subsistir el descaro del ojo, el atrevimiento del oído, la avidez del tacto, la lucidez de la memoria y la inteligencia; especialmente ante el desamparo y el olvido. La posición de nube, que se arroga el escritor (ya no narrador ni poeta, sino hombre que piensa, sueña, ama), le confiere la maleabilidad que él mismo pregona, y con ello justifica su reticencia a los géneros, así como la omnipotencia singular del texto, lo que constituye de por sí un signo de innovación en el plano de la escritura.

No obstante, aquel parentesco con la nube no es sino un guiño simbólico-ideológico, que merece ser desentrañado oportunamente. No es que esté en las nubes como generalmente se dice de los escritores que andan cazando tilingos o meando fuera del pilche, lo que pasa es que tiene la cabeza erguida, es decir levantada, no sumisa ni agachada, como quiere el sistema. Esto dicho, en este tributo desde (no hacia) Eros, el eyaculador escribe por dignidad; sus eyaculaciones es visible corresponden a una tentativa de anulación del espacio hostil en un mundo enfermo y carente de vida. Se ilustra, de este modo, que la erección es ante todo mental; que aquí se trata, pues, de la erección de una inteligencia que teje y desteje, casi a quemarropa, diálogos, monólogos coloquiales, frases disparadas como aerolitos o fragmentos de una estrella en vías de desintegración. De lo anterior sobrevive un olor a prosa poética, a diatriba teatral, a delirio del inconsciente; pero delirio progresista, libertario a fin de cuentas; como un montaje-collage que responde con agresión a la agresión del sistema.

Sí, la agresión vive en esta lengua de todos los días, en esta lengua sin comienzo ni fin, pero que busca la originalidad; parodiando, estirando, contorsionando, invirtiendo hasta los lugares comunes: "será belleza tanta verdad", "en la noche de este silencio hermoso". Esto revela la diferencia entre consumir, repetir y transformar; y que, simultáneamente, muestra las preferencias por un sustrato lingüístico popular más cercano a la fluidez de la vida que al rigor de la academia.

El dragón nocturno de Nueva York (que ya no es la Ciudad Gótica sino un esperpento ecuayorquino) no vomita sino que eyacula sus verdades al espacio hostil, horripilante del Nuevador o del Ecuayork (soldadura de lo máximo y lo mínimo) del alma sea lo que sea, eso sí, del alma, porque amargo y todo, es infinitamente querible, a pesar de sus "cholos boys and girls, ecuatorianitos hamburguesados". Evidentemente, resulta inevitable que, en el trayecto, el dragón de Brooklyn afronte el ciclo infernal de la sexualidad, el zigzag de materiales inventariados por la memoria y otros fragmentos volátiles que se dejan absorber. Todo esto emerge, luego, traducido por una lengua desclasada, bífida, sonora, viperina; lengua impura, herida, corrosiva. Lengua a ratos agringada, pero profundamente chola (última eyaculación), agreste, chúcara, cosmopolita, erótica, musical.

Así, sentimos el martillazo del quichua, despertándonos, exhibiéndonos un demonio personal, muy caro al autor, que reivindica por fin un deseo, una ternura, una sintaxis, una obsesión autónoma aún no canalizada por nadie. Y si es verdad que entre el lecho y el escritorio el trecho es casi el mismo, el peso semántico de la última eyaculación es poderoso por ser verdadero, por ser definidor de identidad: "Verá, dará dando llevando. No dejará solitico acá. Cuerpito suyo mucha falta hará [...] Como cuicitos, ricu ricu [...] empiernaditos deberíamos siempre estar. Pero ya está dándose yendo su mercé, dizque lejos, lejos, aquicito nomás. No sea malita, vea, dará dando llevándome, en corazoncito al menos, bonitica, mamitica, patroncita; en corazoncito al menos."
Finalmente, como la lengua es un misterio gozoso, dejemos a cada lengua con su misterio y con su gozo. Pero, por favor, querido lector, un poco de paciencia, que lo contrario sería el preámbulo de una eyaculación precoz.
París, 18 de julio 2003
* Ramiro Oviedo es un poeta y narrador, profesor de español en la Universidad del Litoral, Boulogne, Francia. En los ochentas formó parte del taller literario La pequeña lulupa; miembro del Consejo Editorial de la revista de creación Eskeletra.