HISTHISTORIA DE LA CULTURA ECUATORIANA
EN NUEVA YORK
Antecedentes
La presencia cultural ecuatoriana en Nueva York es un hecho relativamente nuevo y, como tal, se halla bastante bien documentado. Hasta antes de la década de los sesenta el número de ecuatorianos en los Estados Unidos era muy reducido. Este número empieza a aumentar dramáticamente desde los años ochenta. Ya los noventa son marco de una diáspora masiva de personas obligadas a emigrar, como resultado de la creciente y persistente crisis económica y sociopolítica que ha venido afectando al país equinoccial.

Para la gran mayoría de emigrantes, la destinación ulterior siempre ha sido los Estados Unidos. Y, específicamente como centro de irresistible atracción, la Ciudad de Nueva York. Según estadísticas no oficiales, se calcula que hay medio millón de ecuatorianos en el área metropolitana de esta ciudad y alrededor de dos millones en toda la Unión Americana (concentrados en las grandes zonas urbanas de Illinois, California, la Florida y Puerto Rico). Lo que, en términos demográficos, convierte a Nueva York en la tercera ciudad ecuatoriana, luego de Guayaquil y Quito.

Dadas las condiciones de trabajo y de vida, la actividad social de los ecuatorianos en Nueva York se articula a través de sus agrupaciones, autodenominadas "instituciones". Debe señalarse que los ecuayorquinos utilizan la palabra "instituciones" de manera muy pródiga. En realidad, se trata de clubes pequeños y de asociaciones minúsculas que, en general, congregan individuos provenientes del mismo pueblo, ciudad o provincia. La vida "institucional" de estos grupos consiste en la realización de un baile anual, con su respectivas proclamación de "reinas de belleza" y la consabida posesión de nuevas "directivas". Igualmente, abundan las asociaciones deportivas dedicadas a organizar torneos de fútbol, indor-fútbol y voleibol.

Al respecto, en 1995, sale a la luz el siguiente artículo titulado "Bailongo y lumpen circulares o cultura de la incultura":
Decir cultura ecuatoriana (o, por extensión, de la mayoría de etnias y nacionalidades "latinas") en los Estados Unidos es un gesto temerario que, en franco abuso de la hipérbole, establece un equívoco o, si se prefiere, una quimera. En primer lugar, aquélla, como actividad y presencia, posee la etérea cualidad generalmente atribuida a los fantasmas. Este prodigioso don de invisibilidad se exacerba en lugar de anularse gracias a las milagrosas apariciones (y desapariciones) de flatulentos (y fraudulentos) contubernios de bovinas mediocridades. Nos referimos a los seudoprofesionales y presuntos "artistas" e "intelectuales" que muy ufanos se agrupan en nombre de tal intangible causa. Parece que, debido a la enajenación y al pasotismo imperantes, la manoseada frase "cultura ecuatoriana" (en este país) ha venido a degradarse a sinónimo de arribismo, impostura y presunción.
Obviamente, hay honrosas excepciones que justifican la regla. En el vasto desierto que es la vida cultural ecuatoriana en los Estados Unidos, la contribución de dos o tres valiosos individuos, y de dos o tres organizaciones Liderazgo Ecuatoriano en el Exterior; Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo Internacional de Nueva York y Asociación Colombo-Ecuatoriana y paremos de contar viene a ser un necesario y bien apreciado oasis. Pero, lamentablemente, como dice el refrán "una golondrina no hace verano". Los millones de inmigrantes que se asientan en este país llegan huérfanos de todo: la "cultura" es lo menos que les interesa. Las contadas individualidades que en realidad pueden ser consideradas como personas cultas, se dispersan en la inexorable diáspora de la transculturación. (O son burdamente ignoradas y hasta vilipendiadas por la sofocante mediocridad.)

Por otro lado, importar "cultura" de nuestro país no deja de ser una operación cosmética que denuncia la indigencia de nuestra vida cultural acá, en el país donde residimos. No podemos ni explayando la imaginación de un poeta llamar cultura a aquellos esporádicos y triviales brotes de una suerte de escapismo grupal, plagado de nostálgicos suspiros y corteses aplausos. Tales alienantes y estériles despliegues jamás convocan el interés de la mayoría y, en consecuencia, la condenan, año tras año, a la sublime seducción de las telenovelas, a la sutil sapiencia y proverbial imparcialidad de casi todos los medios de comunicación (especial y deplorablemente los hispano parlantes) y a la ejemplar tradición de los bailongos trasnochantes.

No podemos, entonces, hablar de una cultura ecuatoriana en los Estados Unidos. (Al menos que traer a don Mengano y su Orquesta, al Dúo Perico de los Palotes o al Bacán de la Rocola, comer fritada con mote, terminar los bailes con música nacional y con bronca, o jamás leer un buen libro lo sea.) Para hablar de cultura en un lugar, hay que fabricarla en ese mismo lugar. La cultura no se improvisa. No es posible, de la noche a la mañana, "soplar y hacer botellas". En términos generales, la cultura abarca a la par, católica y selectivamente, lo más excelso y representativo de las actividades humanas, siendo su quintaesencia el trabajo creativo y la educación. Por consiguiente, si aspiramos, algún día, a hablar de una cultura ecuatoriana en este país, debemos empezar por el principio. En pocas palabras, debemos fomentar el trabajo creativo y la educación de nuestras populosas comunidades asentadas a lo largo y a lo ancho de Norteamérica.

Más aún, cuando sabemos que en las últimas dos décadas la inmigración masiva de ecuatorianos y latinoamericanos en general ha ascendido a cifras exorbitantes. Millones de inmigrantes diariamente sufren los estragos del choque cultural que les causa su desplazamiento a las grandes urbes norteamericanas, a las que llegan literalmente desnudos, "con una mano atrás y otra adelante". Estos expatriados del hambre y la miseria, estos refugiados económicos, políticos y culturales, estos "exiliados" de la corrupción y el subdesarrollo, vienen todos en busca de amparo bajo el pródigo manto de la Estatua de la Libertad; aunque, y he aquí la gran tragedia, casi nunca se liberan de lo que ilusoriamente creen haber dejado atrás.
No obstante, como buen producto de substrato campesino, el inmigrante ecuatoriano echa raíces en este coloso del Norte; a la distancia se torna más nacionalista y patriota, y todo lo que hace lo hace en honor de la amada patria ausente. Pero el tiempo pasa y, casi sin darse cuenta, se norteamericaniza o, al menos, se acomoda a las costumbres de su medio ambiente anfitrión; simultáneamente, se amanceba o se casa, tiene hijos, "arregla sus papeles", se nacionaliza y termina dejando sus cansados huesos en Gringolandia.
Cualquier testigo imparcial observaría que la generalidad de nuestros coterráneos afincados en estas latitudes subsisten embriagados por las empecinadas miasmas o recalcitrantes vestigios de un escuálido pero indeleble bagaje, casi exclusivamente musical, ecuatorianísimo. Es común verlos cómo con gran alborozo se enfrascan en un consuetudinario e inveterado activismo de conventillo, muy propio de arrabal o caserío. Quien lo dude, sólo tiene que darse una vuelta por Nueva York (la capital cultural del mundo, precisa y paradójicamente porque aquí vienen a prolongar su agonía, antes de extinguirse en un frustrado afán por ser asimiladas en la Main Stream, nacionalidades y culturas de todas partes); o, simplemente, pueden ojear o escuchar la provincianísima parafernalia hablada, escrita "periodística" de nuestro medio. Pero, muy deplorablemente sólo para dar un ejemplo de auténtica cultura, de libros nada de nada. Tanto acá como allá (y en esto estamos predeciblemente iguales), nuestros compatriotas no leen: unos porque sencillamente no pueden, y los demás porque simplemente no quieren.

Ante este iletrado o, por decir lo menos, subliterario predicamento, todo afán cultural resulta providencial y, a menudo también, quijotesco. Definitivamente, aquí todo está por hacerse. Hay que encontrar, primero, suelo fértil, buena simiente y mejores labradores. La cultura primordialmente se siembra y, luego de mucho tiempo y trabajo, en la estación correcta, se cosecha. Culturizar, quiere decir, antes que nada, cultivar.

Aquí, en Nueva York, se encuentra lo más vernáculo, que, lamentablemente, no representa lo más progresista de nuestra escuálida ecuatorianidad: platos "típicos", notas de condolencia, saludos de cumpleaños, sensibleras tonadas nacionales, torneos de "belleza", de indoor, voleibol, "coronaciones de reinas", prolíficas posesiones de ignotas directivas, patrioteros desfiles de figuritas y figurones, chapuceros y estridentes festivales, asombrosas rifas y colectas (cuyos premios y montos se esfuman como por arte de magia), incontables fiestas y otros bailongos (generalmente "agraciados" por la presencia de algún "representante" consular o de cualquier oportuno usufructuante de la cosa pública).

Es más, ya que en este yermo septentrión no estamos todos los que somos ni somos todos los que estamos es decir que, a fuerza de la cantidad (que ya somos) y en honor a la calidad (que aún carecemos), estamos obligados a ser mejores. Ahora más que nunca necesitamos de la colaboración y respaldo de todas las personas e instituciones dignas, unificando esfuerzos y recursos por un surgimiento cultural ecuatoriano en esta tierra que hemos adoptado como nuestra.
La tarea no es fácil. Precisamos de planeamiento y trabajo, sistemáticos e infatigables; muy especialmente con nuestros niños y jóvenes. A ellos, impostergablemente debemos cultivar(les) en la enseñanza de nuestro idioma, literatura, artes plásticas, danza, música, y ayudarles en la adquisición del inglés, ciudadanía, instrucción general, etc., por medio de cursos, conferencias, seminarios y talleres accesibles o de libre admisión. Debemos también apoyar y promover a nuestros escasos valores culturales que trabajan y producen acá, quienes, en virtud de su exiguo número, merecen un mayor y más prolijo respaldo y difusión. Sólo así, y nada más que así, podríamos recién empezar a hablar de una legítima, aunque precaria e incipiente, cultura ecuatoriana (o de cualquier otra "hidalga" nacionalidad "latina") en los Estados Unidos. De otra manera, seguiremos dando tumbos por el tenebroso submundo de la incultura. Y aunque seamos muchos y por más que nos asociemos en nombre de la "cultura", no dejaremos de ser tristes espectros pululando entre las sombras de un cicatero y por demás burdo y baladí autodestierro.
[Cevallos, Petronio Rafael. New York: Latinos, abril 1 al 15, 1995. Pág. 4.]
Años más tarde, este "fenómeno" es corroborado por el propio Jaime Montesinos:
La presencia cultural ecuatoriana en la metrópoli se hizo esperar casi el mismo tiempo que la masiva presencia física. Para los años cincuenta y sesenta decir "ecuatoriano" equivalía a pronunciar una palabra desconocida. "Equadorean?" Algo había en el nombre que ya tenía por antonomasia una referencia geográfica. El continente africano era el punto de abordaje. Ni la gente pasadita por las aulas conocía detalles de nuestra diminuta y depauperada patria. Las reuniones culturales que se remontan a los años cincuenta y sesenta tenían por eje el Ecuador Sporting Club, así bautizado en inglés, que tuvo sus inicios después de la segunda guerra mundial.
La primera vez que acudí a una reunión por 1959 todavía prevalecía en aquellos eventos nuestro principal quehacer festivo: los pioneros de nuestra comunidad en ciernes dándose de puños y llamándose hijos malnacidos. Era harto conocido el hecho de que toda actividad sociocultural, a veces llamadas fiestas a secas, terminaban con unos borrachitos golpeando a otros borrachitos. Los jóvenes aprendimos pronto la lección y dejamos de ir del todo.
Los que hacíamos cultura la hacíamos desde un marco latino internacional. Así nació por ejemplo la Federación Estudiantil Hispanoamericana fundada por el puertorriqueño Miguel Cintrón. Desde el Foreign Student Center de Columbia University se lanzaron decenas de auténticas actividades culturales que tenían como objetivo central el mejor panamericanismo. La presencia ecuatoriana dentro de esta organización aumentaba paulatinamente desde antes de que yo la presidiera.
Entretanto, el Ecuador Sporting Club y más tarde la Casa Social y Cultural Ecuatoriana, se destacaban entre las instituciones de la pequeña colonia sudamericana. Sus principales actividades eran celebrar las efemérides patrias, elegir a reinas y jugar al fútbol, entre uno que otro campeonato de cuarenta.
La década del verdadero arranque de la gestión cultural fue la de los años setenta. Entonces, un insólito ímpetu sentó las bases de muchas de las agrupaciones que hoy existen. Coincidió con el incremento numérico de nuestros inmigrantes. Ya la palabra Ecuador y Equadorean empezaban a sonar con alguna frecuencia, en particular a nivel de las pequeñas industrias, talleres y, claro, los restaurantes.
Asimismo, un reducidísimo número acudía a centros educativos superiores a la secundaria y quería compartir sus iluminadas inquietudes con los paisanos y, en especial, con los anglos. De esas inquietudes nacieron principalmente dos organizaciones: PROECUA (Profesionales Ecuatorianos en el Exterior), en 1977, y el Ateneo Ecuatoriano de Nueva York, en 1978. Nombres como el del Ingeniero Kléber Montesinos (no es pariente) y del Dr. Eudoro Hinojosa son parte fundamental de esta época evolutiva.
PROECUA cayó víctima de la endémica enfermedad de las instituciones: Vida corta debido al exceso creativo. O sea, era mucho más fácil crear una nueva institución, copiando a la anterior casi todo menos el dirigente principal. El Ateneo gozó de una vida mucho más larga.
Durante estos mismos años las otras organizaciones ya mencionadas continuaban su labor, si labor podía llamarse el realizar actos autocongratulatorios y organizar fiestas bailables. Nunca, como ecuatorianos, aprendimos a laborar mancomunadamente. Lo faccioso era lo que más nos atraía. Mientras más fragmentados estábamos más ecuatorianos nos sentíamos. Es un mal que nos viene de las raíces del ser.
Poco después surgieron otras manifestaciones de la proclividad fragmentaria, tales como las de los Comité Cívico Ecuatoriano, que tuvieron más de una edición (versión) en su etapa de despegue y cuya actividad central se reducía al desfile del 10 de Agosto.
De corte similar, en cuanto al monoproducto, ha sido la FEDEE (Federación de Entidades Ecuatorianas en el Exterior), que nos vino vía Miami y se ha concretado prácticamente a realizar un "congreso" por año. Su logro contundente fue el de la doble nacionalidad para la cual hay casi tantos padres como hay dirigentes de asociaciones.
Pero el foro cultural, propiamente hablando, comenzó con el Ateneo Ecuatoriano y continuó con el Núcleo de Nueva York de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, fundado en 1986, con el reconocimiento oficial de la CCE Matriz. Todavía andamos en pañales y del espejismo inicial hemos llegado al mirage del momento.
[Montesinos, Jaime. "Ecuador cultural en Nueva York: De un espejismo a un mirage." Correo electrónico a Petronio Rafael Cevallos. New York, mayo 24, 1999.]
Lo anterior no significa que en esta ciudad no hayan existido manifestaciones individuales de ecuatorianos dedicados a trabajar, completa o parcialmente, en diferentes áreas de la cultura. Habría que subrayar, no obstante, que tales aportaciones han provenido de contadas personas, trabajando más bien al margen de la comunidad ecuatoriana, ya sea dentro de la academia, el periodismo o incluso la diplomacia. Como ejemplo, vale citar al escritor cuencano Arturo Montesinos, radicado en Nueva York desde inicios de los años cincuenta, y ha sido aquí donde Montesinos ha escrito gran parte de su obra literaria. En los campos del teatro, el cine y la televisión, se destaca la solitaria pero significativa presencia del connotado actor guayaquileño Paco Villar, que llegó a Nueva York a principios de los sesenta. En lo académico, los profesores Antonio Sacoto y Jaime Montesinos han tenido una presencia muy visible a partir de los setenta.

Sin embargo, a partir de noviembre, 1986, con la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Nueva York, es que empieza a articularse institucionalmente el curso y discurso culturales ecuayorquinos. Su fundador y primer presidente, el poeta, crítico y educador cuencano Jaime Montesinos (hijo de Arturo Montesinos), había llegado a la conclusión de que los ecuatorianos en esta ciudad conformaban una especie de provincia extraterritorial y, en consecuencia, precisaban de al menos una organización a través de la cual difundir sus expresiones artísticas y culturales.
La comunicación social ecuayorquina
La comunidad ecuayorquina es un conglomerado vibrante, trabajador, expresivo. Parte fundamental del mismo ha sido y sigue siendo la comunicación social. En este sentido, en las últimas dos décadas han proliferado los órganos de información tales como periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Este breve estudio se ocupará únicamente de los medios de comunicación escrita.

Entre los periódicos se destacan El Ecuatoriano (1979-93) y, especialmente, Amazonas (1986-96), dirigido en su última etapa por David Ramírez. En el semanario La Voz Hispana, Benny Fajardo mantuvo una importante columna, "Pinceladas ecuatorianas", de 1980 a 1994. Fajardo dirige Latinos desde 1993, un quincenario de proyección latinoamericana, con un significativo enfoque en lo ecuatoriano. El Universo, el diario de mayor circulación en el Ecuador, mantuvo, de 1979 a 1990, la columna "Ecuatorianos en Nueva York", escrita por Galo Proaño. Asimismo, desde 1996 Benny Fajardo tiene a cargo una página sobre los ecuayorquinos en El Mercurio, de Manta (Ecuador).

Desde 1989, Noticias del Mundo, uno de los dos diarios hispanos más importantes de Nueva York, ha publicado una página semanal dedicada a la comunidad ecuatoriana. Esta página de cada miércoles estuvo dirigida por varios años por Carlos García y, posteriormente, estuvo a cargo de Hernán Cazar Luna. Desde 1979, el semanario Impacto ha publicado una columna sobre Ecuador. Vale mencionar, además, que Queens Magazine, desde 1998 Nueva York en Español, dirigida por el escritor colombiano Plinio Garrido, a partir de 1996 le ha brindado un considerable espacio a las actividades culturales ecuayorquinas.

Otros periódicos son El Pueblo (que tuvo sólo tres ediciones en 1996), dirigido por Mauro Calderón y Gilberto Crespo; Ecuador Internacional, mensuario dirigido por Homero Meléndez, publicado desde 1996 y que meses más tarde se bifurcaría en otro: Ecuador USA. Poco después éste pasaría a llamarse Ecuador News, quincenario dirigido por Marcelo Arboleda, que a partir de septiembre del 2001 se convertiría en semanario.

De menor circulación aunque de singular importancia como informativo cultural ecuatoriano, ha venido publicándose semestralmente, desde 1986, El Boletín de la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Nueva York, editado por Jaime Montesinos. Desde 1999 este boletín se publica electrónicamente cada quince días, con el nombre de EcuaYork y bajo la dirección de Petronio Rafael Cevallos, se distribuye a una audiencia de quince mil lectores en todo el planeta. Por algunos años, hasta casi a mediados de los noventa, se publicó la revista Equinoccio, editada por Carlos Simmonds (ex presidente de la Casa de la Cultura de NY). En el ámbito literario, La Palabra, editada por Petronio Rafael Cevallos y Plinio Garrido, cuyo primer número vio la luz en diciembre de 1998, se ha convertido en la primera y única revista de literatura de la comunidad ecuatoriana en el exterior. Entre los órganos de publicación más reciente, desde 1999 circula en este medio la revista Planeta, publicada en Guayaquil pero con un enfoque en lo ecuayorquino, y cuyo editor en esta ciudad es Guido Rivas

Cabe mencionar las revistas especializadas como Brújula/Compass (revista de literatura, editada por el Instituto de Escritores Latinoamericanos), Realidad Aparte (revista de poesía, editada por el poeta colombiano Gabriel Jaime Caro), Boletín del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos, CEPI (editado por el escritor español Gerardo Piña Rosales), Exégesis: revista de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, han publicado textos de Petronio Rafael Cevallos, Freddy Gómez C., y Jaime Montesinos. 

Por otro lado, en noviembre de 1998 se inaugura el website de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Nueva York; y en enero de 1999 se inaugura EcuaYork y su respectivo boletín quincenal del mismo nombre, siendo ambos órganos culturales electrónicos de la CCENINY y de Liderazgo Ecuatoriano en el Exterior, LEE. Dirigidos por Petronio Rafael Cevallos, estas publicaciones representan un esfuerzo abierto a nuevas manifestaciones de la cultura inserta en la red global. A través de este esfuerzo se exterioriza no sólo para beneficio de un público culto sino también para el público mayoritario un amplio mosaico de posibilidades artísticas e intelectuales. En vista de que la internet y los medios electrónicos están plagados de basura informática destinada para un "homo videns" condenado a un analfabetismo funcional es decir, al remplazo de la imagen por la palabra y el pensamiento, EcuaYork se convierte en un espacio alternativo e imprescindible. EcuaYork contiene varias secciones de interés: Editorial, Misión, Historia, Literatura, Foro, Galerías (de pintura, escultura y fotografía), Novedades, Libro de Visitas, Publicaciones y Links. Los textos son en español, inglés y en formato bilingüe. La sección de Literatura presenta trabajos de Emilio Matei (argentino), Gerardo Piña Rosales (español), Fernando Valerio-Holguín (dominicano), Fátima Trasviña (mexicana), y los ecuatorianos Jaime Montesinos, Ivar Batten y Fernando Itúrburu, entre otros. Esta sección está ilustrada con óleos de Liz Kueneke, artista estadounidense que vivió el año pasado en Riobamba, donde captó varias imágenes de los indígenas puruhaes del Chimborazo. Las Galerías ofrecen cuadros de Carlos Aranha (ecuatoriano) e Isabel Aranda (chilena). El Foro de la revista incluye artículos sobre política, un ensayo sobre fotografía y una crónica de viaje, entre otros temas. Esta sección presenta, además, "Los borrachos" de Velázquez, tela al óleo, relectura del artista uruguayo Wilmar Aranguiz. En el segmento Publicaciones se ofrece un catálogo de libros de autores ecuatorianos e hispanos radicados en el área del Gran Nueva York.

Desde 1994, Petronio Rafael Cevallos ha contribuido regularmente ensayos de reflexión cultural a varias publicaciones neoyorquinas, como son: Amazonas, Latinos, El Pueblo, Queens Magazine, Impacto, El Diario/La Prensa, El Latinoamericano y Nueva York en Español. Desde enero del presente año mantiene una columna semanal de cultura en la edición electrónica del diario El Expreso, de Guayaquil. Asimismo, ha contribuido para libros especializados como Monografías de ALDEEU (publicación de la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos); y contribuye regularmente textos literarios para las revistas electrónicas como la Cultura, con base en Buenos Aires y dirigida por el escritor argentino Emilio Matei; La Causa, con base en Nueva York y dirigida por el periodista dominicano Víctor Manuel Ramos; Argos, de la Universidad de Guadalajara, México; la Factoría, la Guirnalda Polar, Pórtico Luna, entre otras.

Finalmente, entre los periodistas ecuatorianos más destacados del medio, debemos subrayar los nombres de David Ramírez, ex editor del mensuario Amazonas, ex redactor del Diario/La Prensa y quien actualmente cumple funciones profesionales en Tiempos del Mundo; Ricardo Vasconcelos del Diario/La Prensa; y Benny Fajardo, editor de Latinos.